
Poner de acuerdo a toda una plaza sobre el juego de los toros de Celestino Cuadri podríamos calificarlo, como la saga cinematográfica de Tom Cruise, misión imposible.
Porque los cuadris de ayer tuvieron tela que cortar en cuanto al juego ofrecido. Cada uno, nunca mejor escrito, de su padre y de su madre; cada uno con unas intenciones, un fondo, unas embestidas que no se parecían en nada de uno a otro. Y, claro, los comentarios que se escuchaban eran tan dispares como el juegos de los toros onubenses. Eso sí, creo que todos estuvieron de acuerdo en la importancia del tercero de la tarde, «Aldeano» de nombre. Un toro que fue a más y que llevó la emoción de sus embestidas a los tendidos. Con mayor o menor bravura, mayor o menor casta. Pero repitiendo y queriendo coger la muleta. Prueba de ello es la gran ovación que recibió en el arrastre.
Los cinco restantes fueron tan variopintos en su juego que es ahí donde viene la disparidad de criterios. Pues, qué quieren que les diga: por encima de todo, servidor se queda con la presencia de los cuadris. Estampa apabullante la que desplegaron los pupilos de Fernando Cuadri, que provocaron las palmas del público. Una media de 600 kilos —650, ahí es nada, que pesó el cuarto, de nombre «Nadador»— y unas cajas impresionantes, amén de las camas de matrimonio que cabían, muchas veces, entre pitón y pitón.
Cuadri es así y así vino a la Maestranza. No se trata de sacar de tipo el toro con tal de acudir a una feria importante. Distinto es el juego que ofrezcan. Tanto los de Cuadri como los de otra ganadería. Lo que ocurre es que, en la mayoría de las ocasiones, estamos más pendientes de este tipo de toro y encaste que de los mal llamados «toros comerciales».
Ayer Cuadri lidió una señora corrida de toros. La mejor presentada en lo que llevamos de ciclo abrileño. Otra cosa es lo que ofrecieron sus embestidas. Hubo emoción en ese ya referido tercero, y mala leche, mucha, en el quinto, por ejemplo. O en las embestidas-arreones del sexto. O el desfondamiento del primero o ese apretar para los adentros del cuarto. Qué quieren que les diga. Esto del toro bravo es tan complicado que, como dice un amigo mío, ni las vacas se ponen de acuerdo.
Queda mucha feria por delante. Habrá que estar pendientes de lo que sale por la puerta de chiqueros. Sobre todo para darnos cuenta de si los ganaderos se «traicionan» en cuanto a lo que son las hechuras, el trapío y la caja de sus toros con tal de acudir a tan importante ciclo. Fernando Cuadri, desde luego, ha sido fiel a sus principios. Y eso es de agradecer. Sobre todo en un momento en el que cualquiera que reúne una fortunita se hace ganadero. De esos hay, por desgracia, bastantes. Luego, como en el caso del torero, lo importante no es llegar, sino mantenerse…
Con Cuadri, la emoción de la casta
Cada vez que salía de toriles, la gente exclamaba y aplaudía la belleza de un ejemplar único del toro de lidia, los Cuadri. La gesta de esta ganadería es una gesta romántica y el buen aficionado tiene la ilusión de presenciar una de esas tardes que forjan una ganadería, decir yo estuve allí con una corrida de Cuadri legendaria. Ayer no ha sido. La impecable presentación de cada uno de los toros ha ido de la mano de un comportamiento deslucido. Todos muy pegados a la arena, descastados, faltos de fondo y peligrosos. Muy peligrosos.
Fernando Cuadri ha enviado una impresionante corrida de toros: magníficamente presentados, no descomunales pero muy serios, hondos, de piel muy lustrosa, con badana, bien dotados de cuerna. Pesan cerca de seiscientos kilos y da la sensación de que les caben bastantes más. Son toros encastados, con todo el interés que eso tiene (para los aficionados) y las dificultades que eso plantea (a los toreros). Eso es la Fiesta.
Este tipo de toros —antes, mucho más frecuentes— exigen a los diestros profesionalidad, técnica, oficio, dominio… Son conceptos que ningún aficionado puede desdeñar. A cambio, suscitan la emoción que es clave en este espectáculo y otorgan mérito a todo lo que se hace con ellos.
Varios toros han sido recibidos con una ovación; también se ha despedido con aplausos al segundo y tercero. A los dos les tenían cortada la oreja Javier Castaño y Alberto Aguilar. Menos fortuna ha tenido Antonio Barrera. En todo caso, una tarde de notable interés para cualquier auténtico aficionado.
Antonio Barrera merece respeto por una carrera prolongada y digna, con triunfos notables en España (en Barcelona, en el último año de esa Plaza) y América . El primer Cuadri embiste templado al capote de Antonio pero corta en banderillas. Lo brinda al público, creyendo que puyede haber faena, pero se le queda debajo, en un pase de pecho. Es reservón, soso, tardea. Faena aceptable pero sin lucimiento.
Recibe con buenos lances al cuarto, engatillado, cinqueño, que va de largo al caballo pero luego flojea, se defiende. Aunque le da distancia, el toro es reservón, se queda corto. Antonio sólo puede mostrar voluntad y oficio. Mata con decisión.
Vuelve Javier Castaño a esta Plaza después de diez años de ausencia. Estuvo en las Ferias al comienzo de su carrera como matador: entonces, era valiente pero encimista, su toreo decía poco. Ahora —como tantas empresas— se ha reconvertido y lo ha hecho, felizmente, atendiendo a la lidia clásica, luciendo al toro. Así ha triunfado en Zaragoza, Castellón, Arles… Me parece un diestro mucho más interesante de lo que era en su primera etapa. El segundo toro, poco claro, se cuela en el quite de Aguilar, hace hilo en banderillas. Castaño está muy firme, no duda, se cruza, alarga la embestida; encelándolo con el cuerpo, saca muletazos vibrantes. Es una faena de buen profesional, que el público sevillano sabe apreciar. Logra, a la segunda, una gran estocada pero, con el descabello, pierde los papeles y la oreja que ya tenía. El quinto se llama «Colladero», como su hermano, que ganó todos los trofeos den el San Isidro de 1970. Es bajo, cinqueño, bizco del izquierdo. Lo recibe con buenas verónicas pero el toro casi lo encierra en tablas. Destacan, como muchas tardes, el banderillero David Adalid, que saluda, y el piquero Tito Sandoval. Lo lidia Castaño con la montera puesta, al estilo de Esplá.. El toro tropieza mucho la muleta . Recurre Javier al encimismo. Aunque no es lo que aquí más gusta, se gana el respeto del público, al ver cómo le rozan los pitones.
El tercero, «Aldeano», era, por sus hechuras y su comportamiento en el campo, el preferido por el ganadero: «Es muy buena gente», decía, con su peculiar lenguaje. No se ha equivocado. Derriba espectacularmente en la primera vara; en la segunda, se va del caballo: es el único lunar de todo un gran toro. Las dobladas iniciales de Alberto Aguilar tienen auténtica emoción. El toro se come la muleta, en los derechazos; busca, por la izquierda. La oreja vuelve a desvanecerse por el descabello.
El último, «Mediador» (de la reata de «Tratante», con el que triunfó aquí Diego Puerta en 1965) es castaño, brusco, pegajoso. Alberto vuelve a estar valiente, salva la papeleta, le roba naturales, pero uno a uno, sin conseguir ligazón. Faena larga y desigual. El descabello, otra vez, lo estropea todo.
Hay que repetirlo siempre: sin reses encastadas, no hay Fiesta, por muy estéticos que puedan ser los muletazos. Cuadri ha ofrecido una tarde de toros auténtica, emocionante.
ABC – EFE – Europa Press – El Mundo – El País – Diario de Sevilla











No es la primera vez que la Consejería de Cultura realiza intervenciones arqueológicas en el dolmen de Soto y ha llevado a cabo ya varias campañas de excavación para su puesta en valor que han revelado la existencia de nuevos sobre el monumento que lo convierten en una de las mayores construcciones megalíticas de Europa Occidental.

