Círculo Recreativo y Cultural: Admirable respuesta a una Historia magnífica

El Casino de Trigueros es templo admirable de tentaciones, de esas que uno quisiera tener cada día. Y poder entrar en este zaguán magnífico y coqueto, traspasar la cancela bien construida y quedarse pasmado ante tanta promesa de confort.

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Trigueros. Salón principal del Casino. / Foto de Azoteas.

Socios de Honor. Y nada menos que de un Casino que honra la existencia de estas entidades en el Sur. Socios de Honor y habituales en sus salones, cada vez que pasamos por los alrededores. Y a veces, sin ese requisito, porque ir a Trigueros tiene alicientes suficientes que justifican un desplazamiento con el único objetivo de estar en su Casino, por historia, belleza y calidad.

La primera vez que vine a Trigueros, cuando el trabajo sobre los casinos era solamente un proyecto, me sorprendió el aspecto de este edificio sólido, dominando dos calles y una plaza y con aspecto de buen ejemplar de arquitectura sureña, agrícola y presumida de vocación.

La Plaza del Carmen, bien plantada delante de un hermoso convento, es recoleta por tradición, bonita por diseño y deseable por su sosiego. Aquella primera vez, sentado en uno de sus bancos durante muchos minutos, empecé a conocer uno de los encantos de Trigueros: “Estar” sin necesitar ir a ningún sitio.

Allí empecé a disfrutar del Casino, porque es de los que se dejan querer antes de usarlo. Esquinazo altivo, bello y prometedor de un interior del que no da pistas. Esa es cualidad que no se menciona demasiado de él. Y es bueno resaltar el contraste entre exterior e interior, porque es un valor que se debe resaltar de su diseño, mérito que corresponde a quienes afrontaron la aventura del traslado al nuevo edificio.

Pero volvamos a la Plaza del Carmen, el “Paseo de Abajo”, porque es allí donde siempre inicio el recorrido placentero, camino de “mi Casino” de Trigueros. Es lo que hacen los buenos catadores de vinos transparentes del Condado. Mirar, oler, recrearse en su contemplación, para finalmente saborear, que de eso sabemos mucho los de aquí.

En Trigueros, primero sentarse en el “Paseo de Abajo”, sin prisas y disfrutar de las idas y venidas del personal por la calle “Plazas”, que no es ajeno el nombre a la situación de tal calle. Y disfrutar de un edificio con aspecto de importante, color del Sur y porte agrícola. Y regodearse en sus detalles arquitectónicos y su diseño sencillo, porque su armonía de volúmenes es ejemplo de bien entender el maridaje entre funcionalidad y estética. Que no es fácil ayuntar estos dos valores.

La segunda vez que entré en Trigueros, lo hice acompañado de Marcelo, mi compañero de rutas casineras, que me argumentó su afán de volver a este sitio, en el que tantas veces había estado con su padre, en aquellos años del estraperlo, del trapicheo comercial con el otro lado de la Raya y para negocios con los “diteros” de la época.

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Trigueros. Fachada del casino. / Foto de Azoteas

Nada más entrar en Trigueros, Marcelo se apoderó de la batuta directora y se convirtió en dueño de las decisiones. Pero dejarse llevar por Marcelo en tierras de Huelva, es garantía de acierto. Por eso me dejé arrastrar hasta la Plaza de Andalucía, el “Paseo de Arriba”, que acota la calle del Casino por la parte alta, según manda la inclinación de dicha calle.

Allí, en el “Paseo de Arriba”, cuatro fachadas preciosas que mucho tienen que decir de la antigua vida casinera de Trigueros. Una de estas fachadas, dejando clara su condición de poder establecido, con iglesia y torre, y ese aire elegante y sencillo que comparte con sus hermanas, la torre de Beas y la trianera de Santa Ana.

Este Paseo de Arriba es origen de dos calles, Amargura y Andalucía, que tienen en su historia retazos de la vida casinera de unos tiempos que ya no están. Pero sí están las sedes de aquellos dos casinos, centros de relaciones sociales y templos de la cultura de Trigueros.

En nuestro libro “Casinos de Huelva” aportábamos unos datos sumamente interesantes sobre la vida casinera de Trigueros:

“En 1921, la revista de “San Antonio Abad” hace referencia a ello: En la Plaza de León XIII, frente al templo parroquial, existe un alegre edificio, domicilio social del “Casino de Trigueros”, corporación aristocrática en la que conviven los elementos de la buena sociedad triguereña.

Y continúa el articulista hablando del otro casino:

“… el Circulo de Labradores y Propietarios, fundado en 1865, dedicado preferentemente a la clase trabajadora, con una extensa biblioteca y salón de billar”.

“Dos casinos, modelos de buena sociedad, que dicen mucho de la cultura de un pueblo como Trigueros.”

Queda patente, ya en aquellos tiempos del primer tercio del siglo XX, la vocación cultural de los casinos de Trigueros, tanto del de la población aristocrática, como de la trabajadora. Cultura que rezuma por todos los poros de ambas sedes, hoy convertidas en comercio una y casa particular la otra.

Pero ambas casas, de fachada e interior conservados, sobre todo la de la calle Amargura, toda de ladrillo y blanco de gran belleza.

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Trigueros. Zaguán del Casino. / Foto de Azoteas.

Y entre ambas casas, Marcelo se recrea en contarme los mil recuerdos de sus aventuras en Trigueros, cuando los diteros eran lo habitual en el comercio de los pueblos del Sur y el contrabando se aprovechaba de la cercanía de la frontera con Portugal.

Marcelo me comenta explicándome la relación de su padre con los diteros:

  • “Los diteros le pedían a mi padre productos que no había en Trigueros, o en otros pueblos, para venderlos a su vez a la gente de aquí. A plazos, como ahora se hace con las tarjetas esas que todos tenéis. Yo le ayudaba llevándole el libro de anotaciones, del “tornillo” se llamaba, en el que anotaba todo lo que pedían las clientas para traérselo la siguiente semana. Y otras hojas con las cuentas de los pagos pendientes de cada uno. Así empecé yo en eso del negocio por los pueblos. Por eso conozco todos los casinos y a los socios viejos, con los que me jugaba el café y a veces otras cosas”.

Y se queda absorto, recordando escenas que luego me irá contando conforme caminamos hacia el Casino.

  • “En los casinos de ahora hay muchas comodidades, pero antes no era así. Lo único que permanece es la palomita de aguardiente y la “copa”. Pero no la copa de vino, sino lo que ahora se lama brasero, que recogía las brasas de otro fuego para que jugáramos a gusto en las mesas del salón. También mi padre traía “copas” a algunos casinos. Y “badilas” de latón, que eran objetos para remover las brasas cuando se enfriaba el ambiente”.

Y se para un momento en la acera de la calle Plazas, para comentar con nostalgia:

  • “Ya no hay esas cosas …”

Y así, hasta que damos por terminada nuestra aventura por las dos plazas y regresamos, calle abajo esta vez, hasta llegar al Casino actual. Con el sabor de una historia con dos casinos en los que vivía la Cultura. Y con el placer de tener hoy otro Casino con un presente que milita en afanes sociales. Trigueros, un pueblo con un Casino que se mira en su Historia y presume de un bienestar urbano difícil de lograr.

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Trigueros. Salón de entrada del Casino. / Foto de Azoteas.

Y así llegamos al Círculo Recreativo y Cultural, para detenernos delante de su puerta a gozar de los preámbulos, que son lo mejor del viaje, como un día escuché decir al Señor Íñigo, ese que hace fácil el uso del sentido común.

Marcelo mira sólo la entrada y el techo del zaguán. Agarrado a mi brazo, se regodeaba en la contemplación de ese alarde de calidez que ofrece el acceso al Casino de Trigueros. Es como si el diseñador de esta sede del ocio hubiera tenido la intención de hacer de la entrada una tentación, convencido de que tras la tentación suele estar el pecado. Y los hombres, ya se sabe, suelen caer.

En este caso, los pecados casineros son mi debilidad. Además, son pecados que no hacen daño a nadie ni generan corrupción. Hay otros pecados que sí lo hacen. Pero no son pecados de casinos.

Y el Casino de Trigueros ha sido para mí un templo admirable de tentaciones, de esas que uno quisiera tener cada día. Y poder entrar en este zaguán magnífico y coqueto, traspasar la cancela bien construida y quedarse pasmado ante tanta promesa de confort.

Ocre y sosiego, luz y penumbras enlazadas, columnas y cielo tras la claraboya. Así es el casino de Trigueros, cuando se entra la primera vez. Estando fuera, esta imagen se proyecta una y otra vez en la pantalla de nuestros deseos. Por eso volver a Trigueros es siempre una tentación y un lugar pendiente en nuestra agenda.

Volver, para gozar de un Casino que es regalo para el cuerpo y para el espíritu. Solamente con estar en su salón, en su amplia zona previa, en sus laterales entre columnas, uno siente ese placer que creemos olvidado. El placer del sosiego, que es el estado más grato que uno puede tener para disfrutar de los demás regalos del ocio.

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Trigueros. Salón lateral del Casino. / Foto de Azoteas.

Hablando con nuestra amiga Nieves, con la que compartimos el inicio de esta aventura casinera, surgió ese debate entre placer y sosiego, llegando a la conclusión de que el sosiego no es un placer, pero sí la condición necesaria para que cualquier placer se convierta en ese pecado buscado. Sosiego como lugar, como estado, como actitud y como preámbulo.

Y el Casino de Trigueros tiene eso, el color y el espacio diseñados para que se sienta en condiciones de pedir al asueto pecados importantes. Espacios amplios, ofrecen la vistosidad de un escenario grandioso. Pasillos entre columnas, dan a los grupos el ambiente coloquial deseado. Rincones apartados, favorecen el intimismo. Un bar de atractivo frontal, reta al acercamiento hacia una placa icónica que nos habla de una historia honorable. Y un color, en tonos varios de ocres, aportan al sosiego una tonalidad noble, cálida y elegante.

Es un Casino que asombra al entrar y al estar. Y deja el regusto de un confort sabiamente construido desde mesas adecuadas y butacas en las que uno siente el placer de permanecer al servicio de cualquier actividad.

Amplio salón, en el que espacios diferentes se unen en ese patio central que usa la luz cenital exterior para crear ambientes con esa intimidad que da la media luz, suficiente para leer, hablar y estar camuflado ante miradas descaradas. Luz que permite estar a gusto en el centro o en esos laterales que parecen capillas de un templo magnífico, en el que el ocio es el gran protagonista.

Patio central que recuerda el gran espacio de aquella casa de labranza que fue y que ha sido respetado como el centro de actividades de un Casino que no renuncia a su historia agrícola. Patio que acoge la llegada y la estancia, el encuentro y la espera, el bar concurrido y el rincón sosegado.

Pocos sitios hay en los casinos del Sur que rindan este homenaje arquitectónico a la casa romana, con esa visión funcional de la mano de una estética irrenunciable. Sólo que aquí, ese patio distribuidor de los invasores latinos, se convierte en centro de la vida casinera, antes de decidir en que rincón nos acomodamos.

Porque en este Casino uno se “acomoda”, que para eso hay silloncitos que parecen diseñados para socios que buscan ese placer que pasa inadvertido y que es principal entre los pecados de los hombres: La comodidad.

 

Y, en la planta de arriba, el espacio recoleto para los juegos. Donde la mente se aísla de cuantas distracciones incordien a la sagrada actividad del juego. Porque debe ser sagrada la dedicación al pecado confesado de los hombres: Competir.

Al entrar es obligado el saludo cordial a nuestro amigo Pedro, con el que tengo el recuerdo grato de haber sido la primera persona con la que recorrí todos los espacios de este lugar. Y con el que de vez en cuando, renuevo el afecto mutuo en algún rincón del salón, hasta que sus obligaciones en el Casino le obligan a decir adiós a nuestra charla distendida,

Marcelo, mientras tanto, pega la hebra con algunos de sus amigos de otros tiempos y se olvida de mí, no sin que de vez en cuando lance una mirada de soslayo, como tratando de averiguar con quién tomo café en uno de los rincones más atractivos del salón, junto a una de las ventanas y con visión diagonal de todo lo que se mueve en el bar.

Es la mesa que suelo ocupar con mi amigo José Antonio, entrañable y querido, con el que comparto afanes casineros y una cierta idolatría hacia este Casino de Trigueros. Y porque somos “fans” de nuestra intérprete favorita, mi amiga Ángela. No en vano él es parte de este lugar, porque su vecindad le obliga a estar integrado en el ambiente del Casino. José Antonio tiene la tarea no fácil de tenerme conectado con este lugar en la distancia, dada mi condición de forastero. Pero forastero de localidad, aunque no de Casino, porque en mi cartera siempre viaja un carnet que dice que soy “Socio de Honor” del Círculo Recreativo y Cultural de Trigueros.

Un día nuestros amigos de la Directiva del Casino, nos sorprendieron con uno de los regalos más queridos en nuestra andadura casinera: La designación de “Socios de Honor”, los primeros en la historia de este Casino, para llenar de orgullo nuestra vida profesional y de regusto nuestra presencia allí. No basta con decir gracias. Hay gestos que permanecen en la memoria como deuda impagable.

En el frontal del mostrador del bar, hay una placa votiva recuperada del anterior Casino, en la que se hace referencia a la fundación en el año 1869, como uno de los Casinos más antiguos de España. Estar delante de esta placa y tener en el bolsillo del pecho el carnet de Socio de Honor, es una sensación difícil de transmitir. Pero el orgullo se me nota cada vez que voy a Trigueros a disfrutar de unos minutos o unas horas en este magnífico lugar.

El Círculo Recreativo y Cultural, todo un símbolo de Trigueros, a lo largo de su dilatada historia, siempre tuvo un carácter social, cultural y recreativo, ajeno a toda actividad política partidista, junto a sus dos antecedentes ya desaparecidos.

El “Casino de Trigueros”, en su discreción habitual, es uno de los ejemplares que llenan de legítima satisfacción la vanidad de los casinos de Huelva. Sin lujos, sin estridencias, sin protagonismos vanidosos. Pero con estilo, sabor, belleza y armonía. Es de esos sitios desconocidos de los que uno no quiere marcharse una vez que lo disfruta.

Hoy toca ser agradecidos y poner sobre la mesa el orgullo de ser Socios de Honor de un lugar admirable, con una historia magnífica.

Huelva Buenas Noticias

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